“En resumen, estamos llamados a cosas muy sencillas: acomodados - dice San Pablo - a las cosas humildes (Rom12, 16).
Eso es, ni más ni menos, lo que he pretendido decir aquí. No obstante, si es cierto que la simplicidad constituye el primero de los atributos divinos, también es lo más difícil que existe. Y esa es la dificultad de nuestros días.
Los apóstoles ya no deben limitarse a hacer milagros, sino que deben recordar las evidencias primeras: que la mujer es mujer y el hombre es hombre, que el matrimonio es entre un hombre y una mujer, que los hijos nacen de un padre y de una madre; que las vacas no son carnívoras; que lo natural no es una construcción convencional; que el ser no es la nada.
Recordar estas evidencias es más complicado que la ciencia e incluso que el propio milagro. porque la evidencia primera, al contrario que el milagro, no es espectacular, ni puede demostrarse como las conclusiones de una ciencia. Y uno se encuentra explicando, de un modo algo ridículo - más aún estando en medio del incendio y el diluvio -, que el fuego quema o que el agua moja.
En el Evangelio de este domingo, Cristo nos advierte: Al que no tiene, incluso lo que tiene se le quitará (Mt 25, 29). Quién rechaza la gracia acaba perdiendo la naturaleza. Quién ignora al Creador, acaba olvidando a la criatura. Quién desprecia lo invisible ni siquiera sabe ver lo que ve: se pone a buscar en otro sitio, deja de creer que lo que se le concede ver, incluso a ras de tierra, se le concede generosamente para poder elevarse. Y resulta que en la era de los mayores prodigios, hay que ser místico para reconocer lo que salta a la vista.
Al final de uno de sus libros, Chesterton describía ese combate misionero:
<Se encenderán hogueras para atestiguar que dos más dos son cuatro. Se desenvainarán espadas para probar que en verano las hojas son verdes. Acabaremos defendiendo, no solo las increíbles virtudes y cordura de la vida humana, sino algo aún más increíble, este enorme e imposible universo que nos mira a la cara. Lucharemos por prodigios visibles como si fuesen invisibles. Miraremos la imposible hierba y los cielos con un extraño valor. Seremos de aquellos que han visto y sin embargo han creído.>
Esto es lo que se nos pide hoy.
Porque, qué es al fin y al cabo el cristianismo? Contemplar los lirios del campo (Mt 6,28), comer del trabajo de las propias manos, cantar un cántico viejo y nuevo, con la esposa como una viña fecunda, con los hijos como brotes de olivo en torno a la mesa (Salmo 128, 2-4); permanecer unidos en la doctrina del amor, perseverar en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones (Hechos 2,42).
Cosas muy sencillas, pero que exigen para protegerlas, la sangre de los mártires".
La suerte de haber nacido en nuestro tiempo. Fabrice Hadjadj. Editorial Rialp. 2ª Edición Marzo 2018.