domingo, 24 de noviembre de 2024

Entrada sesenta y uno: en el infierno también se puede mantener la alegría.

 No se sabe si porque el mundo está siempre en obras, arreglando sus cañerías o luciendo sus fachadas, el caso es que hay días en los que es difícil transitar por el, y otros en que volvemos a casa, a nosotros mismos y a nuestros adentros, como si hubiéramos estado deshollinando chimeneas, o trabajando en una cloaca, pero peor. Peor, porque está suciedad y mal olor materiales se los lleva una buena ducha, pero no tan fácilmente se limpian las suciedades y malos olores, e incluso los rasguños y heridas de nuestros roces diarios, o de la pura brutalidad del mundo en que vivimos; y nuestro baño en basura y sangre comienza a veces con las primeras noticias matinales.

Pero Etty Hillesum advierte algo que nunca vemos; dice: “La suciedad de los otros es también la nuestra; no hay ninguna otra solución que la de entrar en sí mismo y extirparla del alma. Yo no creo ya que podamos corregir sea lo que sea en el mundo exterior, si no lo hemos corregido antes en nosotros. La única lección de esta guerra es la de habernos enseñado a buscar en nosotros mismos y no en otra parte.”

Y se diría que estas palabras no son más que el clásico mensaje de los maestros espirituales de todos los tiempos, ya convertido en mero sonsonete, pero no por eso dejan de ser de el más puro realismo, y ya tenemos más que experiencia secular, pero sobre todo de este nuestro mismo tiempo, para contrastarlo. No hay más que ver los resultados de las revoluciones por la libertad y la justicia. Mejor echar un manto muy espeso sobre todo ello. 

Somos suciedad y podredumbre cada uno de nosotros, y no podemos desprendernos de ellas. Porque no es ya que, si lanzamos por la ventana una suciedad, otra nos entre por la puerta, sino que la que entra es una radiantes buena conciencia de limpieza y justicia, el fariseísmo mismo vestido de gala, la peor suciedad y la más incurable; y con ella comenzamos a medir primero y luego a reformar. La catástrofe está asegurada, no hay peor gobernación que la de los puros.

Pero la Hillesum, que escribió aquellas palabras que he puesto más arriba en un campo de concentración nazi, y no como receta de edificación espiritual para nadie, no se dedicó a odiar la suciedad y barbarie de los verdugos nazis, y a compadecer a sus víctimas entre las que se encontraba, o a celebrar su inocencia; lo que decidió simplemente fue servir, hacerse útil en ese infierno, con absoluto olvido de sí misma; y nos hizo esa impresionante revelación de que en el infierno también se puede mantener la alegría. Y ni siquiera la propia, sino la de los demás, la de Dios mismo allí impotente.


Los cuadernos de letra pequeña. Páginas 219-220. Editorial Pre-Textos. Año 2003. Jose Jimenez Lozano.


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