Me envias a hablar de tí como de un hogar abierto en el que esperas a tus hijos a mesa puesta, con un banquete que tú mismo has preparado y en el que abundan manjares espléndidos y vinos de solera. Pero tu invitación no despierta en ellos deseo ni expectación, y te diría que hasta les abruma tu desmesura.
Creo que preferirían que les ordenases postrarse ante tus altares, afrecerte incienso e inmolarte víctimas, en vez de sentarse a la mesa contigo y escuchar esas confidencias que sólo se hacen al amigo y al huésped. Si les dieras a escoger, pienso que elegirían quedarse con los tiempos en que les hablabas desde el Sinaí, entre el consido estridente de las trompetas y la solemnidad de un culto hierático.
Intento explicarles que tu sueño es traer a todos tus hijos e hijas en torno a tu casa y reencontrar ahí su fraternidad perdida, sofocada por jerarquías estratificadas y absurdas categorías de superioridad e inferioridad, pureza e impureza, relevancia o insignificancia. Les digo quepueden sentarse a tu mesa aqunque tengan lso pies polvorientos del camin, porque tú te encargarás de lavárselos con el cuidado con que lo haría una madre; pero siento que la sola posibilidad de encontrarte a sus pies y no subido en un trono fulgurante les desconcierta y les turba.
Les anuncio tu Reino no como una cima a la que ascender trabajasomente, ni que se conquiste por méritos y esfuerzos, sino como un regalo inmerecidoque hace desbordar de gozo y de agradecimiento. Pero esa gratuidad les aturde, me acusan de blasfemo y prefieren seguir manteniendo sus separaciones, sus muros de exclusión y sus necias tradiciones en torno a prevalencias, merecimientos y dignidades.
Te presento en mis parábolas como el amo ausente que, cuando llega y encuentra a los de su casa aguardándole, se conmueve tanto de su espera tan fiel que él mismo se pone el delantal y les sirve la cena. O como el novio que se retrasa, pero que llega al fin con su séquito de amigos, y las muchachas que le esperaron con las lámparas encendidas entran con él en su festín de bodas.
Me siento a comer con los que son tenidos por gentuza, y provoco escándalo que se exacerba cuando les digo: " Así es vuestro Padre".
Me pregunto porqué se resisten tanto a relacionarte con la fiesta, el banquete, la danza y la mesa compartida y, en cambio, tienden el oído a quienes les hablan de tu poderío, tu justicia implacable, tus imperativos o tu omnisciencia que escruta hasta sus mínimas faltas.
Les hablo de tu amor y tu perdón como de un pan entregado en balde, y me recuerdan que el maná se guardaba en el arca recubierta de oro por dentro y por fuera, protegida por las alas extendidas de los querubines. Les cuento historias en las que, lo mismo que el maná guardado para el día siguiente se llenaba de gusanos, ahora los ladrones, la polilla, el orín o la muerte inesperada van a destruir lo que acumulan afanosamente en graneros y bolsas. Pero tienen tatuado a fuego el instintode precaución y la obsesión por prevenir el mañana.; y cuando les invito a vivir descargando en tí sus ansiedades y agobios, me miran como si hubiese perdido el juicio.
Les invito a admirar la libertad de los pájaros y a contemplar los lirios, vestidos por tí con más esplendor que el rey salomón; pero el cálculo y la codicia les empañan los ojos y les impide prestar atención a lo que no esté referido a su interés inmediato.
A pesar de ello, Tú no te rindes ni desesperas nunca ante ellos, y sonrío al recordar......
Dame a conocer tu nombre. Dolores Aleixandre. Extractos en páginas 54 a 57 en la edición española de Ediciones Sal Terrae breve. 1999
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