martes, 21 de mayo de 2013

Entrada quince. Es necesario que adscribamos a nuestros actos un sentido que los trascienda.

Hoy es como si el S. XX no hubiera ocurrido nunca. Nos hemos visto arrastrados a una nueva gran narración del "capitalismo global integrado", el crecimiento económico y los incrementos indefinidos de la productividad. Como las anteriores narraciones de una mejora ininterrumpida, la historia de la globalización combina un mantra valorativo ("el crecimiento es bueno") con la presunción de que es inevitable: la globalización es un proceso irreversible y natural, más que una decisión humana. La ineludible dinámica de la competencia y la integración global económica se ha convertido en la ilusión de la época. Como lo expresó Margaret Thatcher en una ocasión "No hay alternativa".
Deberíamos desconfiar de todo esto. La globalización es una actualización de la fe modernista en la tecnología y la gestión racional que marcó los entusiasmos de las décadas de la posguerra. Al igual que entonces, implícitamente excluye la política como escenario de las decisiones: los sistemas de relaciones económicas los establece la naturaleza, como afirmaban los fisiócratas del S. XVIII. Una vez que se identifican y entienden correctamente, no tenemos más que vivir de acuerdo con sus leyes.

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Es la distancia entre la naturaleza intrínsecamente ética de la toma de decisiones públicas y el carácter utilitario del debate político contemporáneo lo que explica la falta de confianza en los políticos y la política. Los liberales se mofan con demasiada rapidez de las insulsas panaceas éticas de los líderes religiosos, comparándolas con la complejidad y seducción de la vida moderna. El asombroso poder de atracción del difunto papa Juan Pablo II para los jóvenes tanto católicos como no católicos debería hacernos pensar: los seres humanos necesitamos un lenguaje en el que expresar nuestros instintos morales.
Por decirlo de otra manera: incluso si admitimos que la vida no tiene otro fin superior, es necesario que adscribamos a nuestros actos un sentido que los transcienda. Para la mayoría de las personas casi nunca basta con decir que algo nos beneficia materialmente o no. Para convencer a los otros de que algo es correcto o erróneo, necesitamos un lenguaje de fines, no de medios. No hace falta que creamos que nuestros objetivos tienen buenas posibilidades de alcanzarse. Pero sí hemos de poder creer en ellos.
El escepticismo político es la fuente de muchos de nuestros dilemas. Incluso si los mercados libres funcionaran como se anuncia, sería difícil sostener que por sí solos constituyen una base suficiente para una buena vida. Por tanto ¿qué es exactamente lo que falta en el capitalismo financiero no regulado o sociedad comercial, como lo conocían en el siglo XVIII?¿Qué nos parece instintivamente que falla en nuestros acuerdos actuales y qué podemos hacer sobre ello? ¿Qué es lo que ofende nuestro sentido de la decencia cuando vemos que los poderosos ejercen una presión sin cortapisas a expensas de todos los demás? ¿Qué hemos perdido?
Todos somos hijos de los griegos. De forma intuitiva comprendemos la neceisdad de un sentido de dirección moral: no es necesario estar familiarizado con Sócrates para saber que una vida que no se somete a examen no vale demasiado. Aristotélicos naturales como somos, suponemos que una sociedad justa es aquella en la que la justicia se practica de forma habitual; una sociedad buena es aquella en la que las personas se comportan bien. Pero para que sea convincente un argumento implícitamente circular como este, hemos de ponernos de acuerdo sobre el significado de "justo" o "bien".

Ill Fares the Land. Tony Judt, 2010. Páginas 172, 173 y 182 en la edición española de Ediciones Taurus. 2010.

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