sábado, 17 de agosto de 2013

Entrada diecinueve. Mis padres me querían mucho. Saltaba a la vista que me creían maravillosa.

Como muchos niños era propensa a ensimismarme: largas sesiones de fantasías en las que me perdía y miraba al mundo. Qué extraño es, pensaba, que veamos, olamos, hablemos, comamos y sintamos, que haya árboles, coches, casas, alambre de espino, campos de trigo y vacas. Estos pensamientos venían acompañados de un elevamiento en mi interior que experimentaba vagamente como una proximidad a Dios y a la naturaleza (los dos mezclados en mi mente), y como una forma de magia privada, una fe secreta en mi propio poder que me diferenciaba de los demás y queme haría llegar muy lejos. A menudo me he preguntado de dónde venía esa convicción interior.
Yo distaba de ser una niña prodigio. Mis primeros recuerdos del colegio son en su mayoría tristes. Aprendí enseguida a leer, pero los múmeros me hicieron enseguida sufrir mucho. Aun ahora  me encojo cuando recuerdo esas largas hileras de dígitos inextricables. Las complejas relaciones entre niños - los entresijos de las amistades y las alianzas, las jerarquías de dominación y debilidad en el patio del colegio - me desconcertaban y a menudo me dolían. Tampoco era atlética, un serio déficit en la mayoría de lugares pero probablemente aún más en el Medio Oeste, donde la agilidad física podía catapultar tanto a los niños como a las niñas a una posición heroica entre sus compañeros.
Sin embargo, a pesar de tener pruebas de lo contrario, abracé con fiereza la idea peregrina de que me aguardaba un gran destino, y sospecho que si me aferré a esta postura irracional fue por una sola razón. Mis padres me querían mucho. Saltaba a la vista que me creían maravillosa. Me hacían creer que nada era demasiado complicado para mí, y su fe en mis tres hermanas menores y en mí era inquebrantable, una fortaleza en la que podíamos refugiarnos cuando lo necesitábamos. Pasarían años antes de que comprendiera que en este sentido provenía de una familia que se salía de lo corriente. Todos somos fruto de nuestros padres, física y emocionalmente, y lo que llamamos "carácter" participa tanto de los datos genéticos como de los misteriosos vericuetos de una historia psíquica particular.

"Una súplica para Eros". Siri Hustvedt. Pág. 252-253 Editorial CIRCE. Noviembre 2006


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