Ningún hombre es una isla, dice Jonh Donne. Me atrevo humildemente a añadir a esta maravillosa sentencia que ningún hombre ni ninguna mujer es una isla, pero que cada uno de nosostros es una península, con una mitad unida a tierra firme y la otra mirando al oceáno. Una mitad conectada a la familia, a los amigos, a la cultura, a la tradición, al país, a la nación, al sexo y al lenguaje y a muchos otros vínculos. Y la otra mitad deseando que la dejen sola contemplando el oceáno. Pienso que nos deberían dejar ser penínsulas. Todo sistema político y social que nos convierte a todos y cada uno de nosotros en una isla darwiniana y al resto de la humanidad en enemigo o rival, es una monstruosidad. Pero al mismo tiempo, todo sistema ideológico, político y social que quiere convertirnos solo en moléculas del continente también lo es. La condición de península constituye la propia condición humana. Es lo que somos y lo que merecemos seguir siendo. Así que, en cierto sentido, en cada casa, en cada familia, en cada relación humana, tenemos de hecho una relación entre un número de penínsulas, y será mejor que lo recordemos antes de intentar modelarnos, darnos la espalda mutuamente e intentar que el de al lado se vuelva como nosotros, mientras que lo él o ella necesita es contemplar un rato el océano.
"Contra el fanatismo". Amos Oz. Pág. 39-40. Ediciones Siruela. DEBOLSILLO. 2003.
No hay comentarios:
Publicar un comentario