Las mariposas, decía Herman, “No el pájaro, sino la mariposa fue, para los griegos y para sus predecesores, el símbolo del alma y de la inmortalidad. Sin su imagen asimétrica y extraña ( pues los insectos, que son también ADN, proteínas y supervivencia, al igual que nosotros, son sin embargo para nuestra mente todo lo que pueda ser más monstruoso y más fascinante, porque son mecanismos de carne, nervios, vacuolas, agujas y piezas bucales que funcionan al margen de la conciencia) no habríamos comprendido jamás la lógica de la resurrección y, con toda seguridad, habríamos ignorado que tenemos un alma inmortal.
Nos fue concedida como símbolo vivo y perfecto de nuestra situación en esta tierra donde fluyen la leche, la miel, la sangre y la orina. No habríamos sabido nunca que aquí, en el mundo de colores y olores, somos orugas tubos que degradan la materia, tubos digestivos con ojos. Nos arrastramos en el plano de la realidad porque no podemos imaginar otro, avanzamos sin cesar por nuestra rama hacia otros manojos de hojas, ingerimos su sustancia estructurada y dejamos un rastro de sustancia amorfa, eso es todo, dicen muchos, los que son ciegos a la luz que viene desde el futuro.
Eso es todo, autoestructuración, autogeneración, autoselección, inmanencia total, ciega, ajetreo en las ciénagas paradisiaco-infernales de la historia. Ningún otro simple sentido que la simple vida, ninguna esperanza: la pared contra la que enseguida chocamos es de un grosor infinito. Bebamos y comamos que mañana moriremos. Y moriremos copiosamente, moriremos abundantemente, ostentosamente. Será una orgia de la muerte infinita, una desaparición sin huellas. El tubo digestivo que se arrastra de forma peristaltica, con ojos que alcanzan a ver un centímetro, con sexos que ven solo la distancia de una generación, desaparecerá en el polvo, despedazado por las hormigas y descompuesto por las bacterias, hasta que de su arquitectura blanda solo quede el polvo y el polvo del polvo.
Somos orugas, pero precisamente por ello sabemos que somos mariposas.
El ala derecha. Cegador 3. Mircea Cartarescu. Primera edición Ed. Impedimenta. Página 217.
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