domingo, 8 de junio de 2025

Entrada setenta y uno: Alguien dijo que la cultura y la civilización comenzaron cuando se enterró a la primera persona.

 Alguien dijo que la cultura y la civilización comenzaron cuando se enterró a la primera persona. En tal caso el cementerio es un museo, por no decir un mausoleo, de la cultura. De acuerdo, pero allí radica también su final (orgánico). La cultura ya no puede cuidar del cuerpo que yace en la tierra, ahí entra en juego la naturaleza. Ella asume la tutela del cuerpo, de la degradación de esa carne. La naturaleza es el último patólogo forense, reduccionista y deconstructivista a la vez. Evitamos pensar qué ocurre con el cuerpo allí abajo, en realidad nada que no sea natural. No son la cruz de piedra ni el nombre con las fechas los que sostienen la memoria. Es lo orgánico de un cerezo que ha brotado del hueso, un arbusto, unas hierbas de campo o una lagartija que se escurre a su alrededor lo que recuerda a quien yace debajo.  Una de las tumbas más bonitas que visité en mis peregrinajes de antaño fue la de Thomas Mann y su familia, sencilla, con una pequeña lápida y unas hierbas meliferas muy aromáticas que atraían un enjambre de abejas y escarabajos. Su zumbido constante convertía aquel lugar en un sitio verdaderamente mágico.

Así me imagino dentro de un tiempo el trozo de tierra donde yace mi padre: flores, hierbas fragantes y abejas que lo sobrevuelan y le llevan las últimas noticias de los prados y jardines vecinos con su zumbido.


El jardinero y la muerte. Gueorgui Gospodinov. Pág. 112. 1ª edición en Ed. Impedimenta. Mayo 2025.

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