domingo, 6 de octubre de 2013

Entrada veintiséis. Lo que volvía grotesca a la gente eran las verdades

El escritor estuvo una hora trabajando en su mesa. Al final escribió un libro que llamó "El libro de lo grotesco". Nunca llegó a publicarse, pero yo tuve ocasión de leerlo una vez y dejó una huella indeleble en mi imaginación. El libro tenía una idea central que resulta un tanto extraña y que no he olvidado jamás. Recordándola, he podido comprender a mucha gente y muchas cosas que antes me habían resultado incomprensibles. Era una idea complicada, pero se podría explicar de forma sencilla más o menos así:
Al principio, cuando el mundo era joven, había una enorme cantidad de ideas, pero no eso que llamamos una verdad. Fue el hombre quien hizo las verdades y cada una de ellas consistía en una mezcla de varios pensamientos más o menos vagos. Las verdades se extendieron por todo el mundo y todas eran hermosas.
El anciano había anotado cientos de verdades en su libro. No trataré de reproducirlas aquí todas. Estaban la verdad de la virginidad y la verdad de la pasión, la verdad de la riqueza y de la pobreza, del ahorro y el dispendio, del descuido y el abandono. Cientos de verdades y todas hermosas.
Y luego apareció la gente. A medida que fueron llegando, cada cual se apropió de una verdad y algunos que eran más fuertes se apropiaron de una docena de ellas.
Lo que volvía grotesca a la gente eran las verdades.El anciano tenía una teoría muy elaborada al respecto. En su opinión, siempre que alguien se apropiaba de una verdad, la llamaba su verdad y trataba de regir su vida por ella, se convertía en un ser grotesco y la verdad que había abrazado se transformaba en falsedad.
Cualquiera imaginará que el anciano, que se había pasado la vida escribiendo y haciendo acopio de  palabras, escribió cientos de páginas a propósito de aquel asunto. La cuestión llegó a adquirir tales proporciones en su imaginación que él mismo corrió el riesgo de volverse grotesco. No llegó a serlo, supongo, por la misma razón por la que nunca publicó el libro. Lo que le salvó fue aquel ser joven que llevaba en su interior.

"Winesurg, Ohio". Sherwood Anderson. Pág. 11-12 Editorial Acantilado. Año 2009.


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