Creo que es Paul Ricoeur quien dice que el error de Fredi - y no solo de Freud, claro está - es hablar de religión y no de Dios, porque lo importante es Dios y no la religión. Cierto; y quizás incluso hay que ser irreligioso, es decir desposar la irreligion bíblica, para percatarse verdaderamente de la cuestión Dios.
El hombre religioso no puede hacerse conciencia de la radicalidad, negación y carácter absoluto del cuestionamiento de lo real, porque la religión le ampara y le asegura, no le deja a la intemperie, ni le permite ver que esa es la desamparada situación humana, el destino trunco de la existencia.
Pero el ateo de nuestro tiempo- una versión muy ligera y autosatisfecha del ateísmo, para el que lo suyo es quedarse también a la intemperie - se instala igual de tranquilamente en una explicación objetivada de lo real, que le impide también todo cuestionamiento. Solo “el caballero de la fe” que nos pinta Kierkegaard, fumando tranquilamente su pipa al atardecer, se queda a la intemperie de todo. O el místico, que sabe como Juan de la Cruz : “Y en el monte nada”. Y Simone Weil o Etty Hillesum han ido mucho más allá de ese monte todavía.
Los demás preferimos hasta mirar la cabeza de la medusa, con tal de que estemos a cubierto y seguros. Es decir haciendo pie en algo consistente, y nos lo fabricamos. Religión y ateísmo pueden llegar a ser dos poderosos tranquilizantes.
Jose Jimenez Lozano. Los Cuadernos de Letra Pequeña. Editorial Pre-Textos. Primera edición Febrero 2003. Página 165.
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